Anécdota en el autobús

Un día volvía de mi trabajo, me subí al autobús, y ya todos los asientos estaban ocupados, solo unos cuantos hombres y yo estábamos parados en el pasillo del camión.

Pienso que daban por hecho que yo era un hombre debido a mi apariencia, por eso ninguno de los hombres que estaban sentados me cedieron un asiento (no es que yo crea que es obligación de los hombres ceder su asiento a las mujeres, pero en el lugar donde vivo, es algo que se ve con frecuencia, y hasta es mal visto si no lo hacen). De pronto un chico se levantó de su asiento y me ofreció su lugar para que me sentará.

En voz baja y en tono de reclamo, escuche a su amigo decirle: “¡¿Por qué le cediste el asiento a ese chico?!”

Él contestó: “Es mujer”.

Esta es una anécdota que me gusta contar, me causa mucha risa. Cada persona me percibe de maneras distintas. También me pone a pensar como es tan frágil la masculinidad, y como es inconcebible que un hombre tenga detalles o sea amable con otro sin que se le critique o cuestione esa masculinidad que tanto se defiende.

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